gobiernos, empresas y ciudadanos comienzan a cuestionar los costes de una dependencia excesiva de infraestructuras, plataformas y capacidades tecnológicas externas, y promulgan la reaparición de las “fronteras” en el ámbito digital y la reivindicación de una nueva soberanía sobre los datos, las infraestructuras y el conocimiento que alimenta nuestras economías.

Soberanía

Durante las últimas dos décadas la digitalización ha representado la máxima expresión de la globalización. Internet prometía un mundo sin fronteras, donde los datos circularían libremente, las plataformas operarían a escala planetaria y la geografía perdería relevancia frente a las redes. La eficiencia, la interoperabilidad y la apertura se convirtieron en los principios dominantes. 

Sin embargo, gobiernos, empresas y ciudadanos comienzan a cuestionar los costes de una dependencia excesiva de infraestructuras, plataformas y capacidades tecnológicas externas, y promulgan la reaparición de las “fronteras” en el ámbito digital y la reivindicación de una nueva soberanía sobre los datos, las infraestructuras y el conocimiento que alimenta nuestras economías.

La semana pasada coincidieron dos señales que merece la pena leer conjuntamente. 

Por un lado, la intervención de A.G. Sulzberger, presidente y editor de The New York Times en el Congreso Mundial de WAN-IFRA, que puso sobre la mesa una cuestión que trasciende al propio sector de los medios: ¿quién capturará el valor del conocimiento en la era de la inteligencia artificial? En un ecosistema cada vez más dominado por modelos generativos desarrollados por un puñado de grandes tecnológicas, existe el riesgo de que quienes producen la información original -periodistas, medios, investigadores o creadores- queden relegados a un papel secundario, mientras que la mayor parte del valor económico y de la relación con el usuario final se concentra en las plataformas que procesan y distribuyen ese conocimiento.

En un mundo donde los asistentes de inteligencia artificial responden directamente a las preguntas de los usuarios, existe el riesgo de que desaparezca el vínculo entre la información original y quienes la producen. El resultado podría ser una erosión progresiva de los modelos económicos que sostienen el periodismo de calidad y, con ello, una amenaza para uno de los pilares fundamentales de las democracias modernas: el acceso a información fiable e independiente.

Por otro lado, la Unión Europea ha presentado un nuevo plan de soberanía tecnológica para reducir su dependencia de actores externos en ámbitos clave como la nube, la inteligencia artificial, los semiconductores y el software. Detrás de esta iniciativa subyace una preocupación cada vez más evidente: en la economía digital quien controla las infraestructuras, las plataformas y los flujos de datos también condiciona la capacidad de innovación, crecimiento y decisión de países y empresas. La apuesta europea busca precisamente reforzar esas capacidades estratégicas y garantizar un mayor control sobre los activos digitales que definirán el futuro económico del continente.

Aunque a primera vista ambos debates parecen pertenecer a ámbitos distintos, en realidad, convergen en una misma preocupación: la soberanía que hoy ya no se juega únicamente sobre el territorio físico, sino también sobre el digital. Quien controle las infraestructuras, los datos, las plataformas y los sistemas de conocimiento dispondrán de una creciente capacidad para influir en la economía, la información y el futuro de las sociedades.

La soberanía digital no se limita al control de las infraestructuras tecnológicas, ya que como alerta  Sulzberger , también requiere preservar la capacidad de generar conocimiento, información y cultura propias. Al fin y al cabo, los datos, los contenidos y el conocimiento constituyen la materia prima sobre la que se construyen los sistemas de inteligencia artificial. De poco servirá disponer de centros de datos europeos, modelos fundacionales propios o plataformas soberanas si las fuentes que alimentan esos sistemas se debilitan, desaparecen o quedan subordinadas a actores externos.

La inteligencia artificial está transformando la información en una infraestructura crítica para la economía y la sociedad. Y, como ocurre con cualquier infraestructura estratégica, su sostenibilidad requiere inversión, protección y una visión de largo plazo. La soberanía que reclama Europa para sus plataformas, sus datos o sus capacidades tecnológicas debería extenderse también a los ecosistemas que producen conocimiento fiable e independiente. Porque, en última instancia, no habrá verdadera soberanía digital si Europa controla los servidores, pero no las fuentes de conocimiento que los alimentan.

Quizá el gran desafío europeo no sea únicamente construir una nube soberana o desarrollar modelos de IA competitivos. Quizá el verdadero reto sea garantizar que el ecosistema que produce conocimiento fiable: medios de comunicación, universidades, centros de investigación, empresas innovadoras y expertos, siga siendo sostenible en la era de la inteligencia artificial.

En el fondo, la discusión sobre la soberanía digital refleja una transformación más amplia. Durante años, la digitalización representó la culminación de la globalización: un espacio donde las fronteras parecían irrelevantes y donde los datos, los servicios y el conocimiento fluían sin apenas restricciones. Hoy asistimos a un movimiento de reequilibrio. Sin renunciar a los beneficios de la interconexión global, países y regiones buscan recuperar capacidad de decisión sobre aquellos activos que consideran estratégicos. Los datos, la inteligencia artificial, las infraestructuras digitales e incluso la información se han convertido en cuestiones de soberanía.

El reto de esta nueva etapa no será levantar muros digitales, sino encontrar un equilibrio inteligente entre apertura global y autonomía estratégica. Entre la colaboración internacional y la capacidad de decidir nuestro propio futuro digital, una ecuación compleja en estos tiempos.

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